Tecnología en el aula: ni veto ni barra libre

IA en la Educación Española: Aprendizaje PersonalizadoBy 3L3C

El debate no es prohibir o no la tecnología en el aula, sino cómo usarla —incluida la IA— para personalizar el aprendizaje sin perder el control pedagógico.

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La mitad del alumnado de Primaria en España ya ha usado una tableta en clase alguna vez, pero solo una minoría sabe realmente aprender con ella. Ese es el verdadero problema: no es la cantidad de tecnología, sino qué hacemos con ella.

La reciente decisión de la Comunidad de Madrid de limitar los dispositivos electrónicos en Infantil y Primaria ha reabierto un debate que en los centros se vive cada día: ¿limitar la tecnología o educar en su uso? Y, en paralelo, la irrupción de la Inteligencia Artificial en educación hace que este debate sea todavía más urgente. No hablamos solo de móviles y tabletas; hablamos de plataformas adaptativas, de IA que personaliza tareas, de asistentes que corrigen y orientan a cada estudiante.

En esta entrada de la serie “IA en la Educación Española: Aprendizaje Personalizado” voy a defender una idea clara: prohibir por sistema es una solución cómoda pero poco educativa. La alternativa exige más trabajo, pero abre una oportunidad enorme: usar la tecnología (y en especial la IA) para personalizar el aprendizaje y formar alumnado crítico, autónomo y competente digitalmente.


1. ¿Prohibir, limitar o educar? El falso dilema

El debate suele formularse así: o bien prohibimos dispositivos para evitar distracciones, o bien abrimos la puerta a todo y asumimos el caos. La realidad es bastante más matizada.

Limitar tiene sentido cuando:

  • El centro no tiene un proyecto pedagógico claro para el uso de tecnología.
  • El profesorado no ha recibido formación suficiente.
  • La tecnología se usa solo como entretenimiento o como sustituto del libro sin ninguna mejora real.

En ese contexto, poner freno es casi un acto de responsabilidad. Pero quedarse ahí es renunciar a algo clave: la escuela como espacio seguro para aprender a convivir con la tecnología y con la IA.

La escuela no está para replicar prohibiciones, sino para acompañar aprendizajes difíciles: desde la convivencia hasta el uso responsable de la tecnología.

El enfoque potente no es “todo vale” ni “nada de pantallas”, sino criterios claros:

  • Para qué se usa cada dispositivo.
  • En qué momentos del aula tiene sentido.
  • Con qué reglas comunes para profesorado y alumnado.

Cuando ese marco existe, la tecnología deja de ser un fin y pasa a ser un medio. Y entonces sí tiene sentido hablar de aprendizaje personalizado, IA educativa y desarrollo real de la competencia digital.


2. La tecnología como aliada del aprendizaje personalizado

La IA educativa se está colando en las aulas por varias puertas: plataformas de matemáticas que ajustan el nivel automáticamente, asistentes de escritura, herramientas de retroalimentación instantánea o sistemas de recomendación de recursos. Bien usadas, estas herramientas permiten un grado de personalización que un docente solo, con 25 alumnos, no puede sostener a diario.

Algunos ejemplos prácticos:

  • Plataformas adaptativas: ajustan el nivel de dificultad según las respuestas del alumnado. Si un estudiante falla fracciones, el sistema insiste ahí; si domina porcentajes, avanza más rápido.
  • Corrección automática con IA: en redacciones o ejercicios de gramática, la herramienta marca errores recurrentes y propone mejoras. El docente puede centrarse en la parte más cualitativa: estilo, argumentación, creatividad.
  • Orientación académica inteligente: analizando ritmos de trabajo, intereses y resultados, la IA sugiere itinerarios, proyectos o recursos personalizados.

Esto no sustituye al profesorado; lo libera de tareas mecánicas y le permite dedicar más tiempo a acompañar, escuchar, explicar de otra forma y diseñar actividades significativas.

El gran riesgo es el de siempre: usar estas herramientas sin criterio. Si se convierten solo en “fábricas de fichas digitales”, no hay aprendizaje personalizado, solo más ejercicio rutinario con más pantallas.


3. Argumentos a favor de limitar la tecnología (y cómo responder desde la IA)

Quienes piden prohibir o reducir drásticamente los dispositivos en el aula no hablan en el vacío. Suelen apoyarse en tres argumentos muy presentes en familias y claustros.

3.1. “La tecnología distrae y baja la atención”

Es cierto: un móvil sin control distrae. Una tableta sin propósito claro también. Aquí la clave no es la pantalla, sino el diseño de las tareas.

La IA puede ayudar a:

  • Proponer actividades más ajustadas al nivel de cada estudiante, reduciendo la frustración (y con ella, la búsqueda de distracciones).
  • Generar secuencias cortas, con retos claros y retroalimentación inmediata, lo que incrementa la atención sostenida.

Cuando el alumnado percibe que la tarea tiene sentido, que está a su alcance y que progresa, la atención mejora, con o sin tecnología.

3.2. “Los resultados PISA no mejoran con más dispositivos”

Los informes PISA han mostrado algo incómodo: más ordenadores en el aula no implican automáticamente mejores resultados. La conclusión fácil es “la tecnología no sirve”. La real es otra: lo que marca la diferencia es el uso pedagógico, no la cantidad de aparatos.

En los países donde se han visto mejoras asociadas al uso de tecnología aparece siempre el mismo patrón:

  • Formación docente específica en metodologías activas y competencia digital.
  • Proyectos de centro con objetivos claros, no modas pasajeras.
  • Evaluación continua de lo que se hace: se miden impacto y se ajustan prácticas.

La IA bien integrada encaja en este enfoque: no es un fin, es un recurso al servicio de una estrategia pedagógica clara.

3.3. “El alumnado ya pasa demasiadas horas con pantallas”

Esta preocupación es muy razonable, sobre todo en Infantil y Primaria. Aquí la pregunta clave no es solo “cuántas horas”, sino “para qué y cómo”.

Un uso educativo de la tecnología en el aula debería cumplir al menos tres condiciones:

  1. Tener un objetivo de aprendizaje explícito (no usar la tableta por inercia).
  2. Estar vinculado a una tarea activa (crear, investigar, debatir), no solo a consumir contenidos.
  3. Alternarse con trabajo analógico, dinámicas cooperativas, actividades físicas y expresión oral.

Si además incorporamos IA, hay que añadir una cuarta: hacer explícito el papel de la IA en la tarea (qué hace la herramienta y qué tiene que hacer el estudiante por sí mismo).


4. De la prohibición a la educación digital: qué debería enseñar la escuela

Si aceptamos que los dispositivos e incluso la IA van a seguir presentes en la vida del alumnado, la opción sensata es convertir la escuela en un lugar donde aprender a usarlos bien.

4.1. Competencia digital crítica

No basta con saber abrir una app. La competencia digital incluye:

  • Buscar información y evaluar su fiabilidad.
  • Proteger la privacidad y gestionar la identidad digital.
  • Entender cómo funcionan los algoritmos de recomendación.
  • Trabajar en red, colaborar y respetar normas de comunicación online.

Con la IA, además, entra un tema nuevo: distinguir qué ha hecho la máquina y qué ha hecho la persona. El alumnado tiene que comprender que un texto generado por IA no es neutro, puede contener sesgos y requiere verificación.

4.2. Nuevos “hábitos” con IA en el aula

Aquí es donde muchos centros están empezando a redactar normas claras. Algunos ejemplos que funcionan:

  • En Secundaria y Bachillerato, dejar usar IA para generar ideas o esquemas, pero exigir que el producto final sea original y justificable.
  • En Primaria alta, usar IA para practicar idiomas o recibir explicaciones alternativas, siempre acompañado por el docente.
  • En Formación Profesional, integrar IA en proyectos reales (simulación de presupuestos, análisis de datos, creación de prototipos) para acercar el aula al entorno laboral.

Lo que marca la diferencia es que estas normas se construyan de forma participada: profesorado, alumnado y familias, y que se revisen cada curso porque la tecnología y la IA cambian muy rápido.


5. Pistas prácticas para centros que quieren usar IA sin perder el control

Muchos equipos directivos están en este punto: no quieren dar un portazo a la tecnología, pero tampoco quieren un aula convertida en una feria de apps. He visto que funciona mejor cuando se avanza con pocos pasos claros y medidos.

5.1. Definir un marco de uso de dispositivos

Antes de hablar de IA, el centro necesita acordar:

  • Qué dispositivos se usan (móviles personales, tabletas del centro, portátiles…).
  • En qué etapas educativas y con qué fines.
  • Qué se permite y qué no (fotos, redes sociales, mensajería…).

Ese marco debería plasmarse en un documento claro, breve y comprensible para familias y alumnado, no en un reglamento de 40 páginas que nadie lee.

5.2. Formar al profesorado en IA educativa

Sin formación, la tecnología acaba infrautilizada o mal usada. Algunas acciones posibles:

  • Talleres breves sobre herramientas de IA concretas aplicadas a asignaturas (generación de ejercicios, rúbricas, feedback personalizado…).
  • Grupos de trabajo internos donde unos pocos docentes experimentan, documentan y comparten lo aprendido.
  • Espacios de reflexión sobre ética y evaluación: ¿qué tareas siguen teniendo sentido cuando existe la IA generativa? ¿Qué tiene que demostrar realmente el alumnado?

5.3. Empezar por un par de usos de alto impacto

No hace falta implantar diez plataformas a la vez. Es más efectivo empezar por dos o tres casos de uso claros, por ejemplo:

  1. IA para personalizar la práctica (matemáticas, idiomas): cada alumno trabaja a su ritmo, la herramienta ajusta actividades y el docente recibe datos claros de progreso.
  2. IA para mejorar el feedback: utilizar asistentes que sugieran comentarios sobre trabajos escritos o proyectos, que el docente puede revisar y adaptar.

Con esos pocos cambios ya se nota un impacto en la motivación y en la capacidad de atender a la diversidad del aula.


6. Hacia una tecnología que personaliza sin deshumanizar

La pregunta inicial era clara: ¿limitar o educar la tecnología en el aula? A estas alturas, la respuesta también lo es: limitar sin educar empobrece; educar sin límites claros también. La clave está en combinar dos movimientos:

  • Poner fronteras razonables al uso de dispositivos, pensando en la etapa educativa y en la salud del alumnado.
  • Apostar por proyectos donde la tecnología y la IA tienen un sentido pedagógico explícito, ligado al aprendizaje personalizado, al desarrollo de la competencia digital y a la equidad.

En la serie “IA en la Educación Española: Aprendizaje Personalizado” defendemos una idea sencilla: la IA no viene a sustituir al profesorado, sino a darle herramientas para llegar mejor a cada estudiante. Eso solo será verdad si el centro asume el liderazgo pedagógico y no delega en las empresas tecnológicas ni en la improvisación diaria.

Si estás en un equipo directivo o en un claustro que se está planteando este debate, la propuesta es clara: antes de decir “sí” o “no” a la tecnología, responded juntos a esta pregunta:

¿Qué competencias, qué tipo de ciudadanía y qué experiencias de aprendizaje queremos que nuestro alumnado tenga en 2030?

Desde ahí, tiene mucho más sentido decidir qué tecnologías, qué IA y qué límites ayudan a llegar a ese destino.